martes, 6 de septiembre de 2011

Echaba de menos escribir(te)

No sé por qué, pero cada vez me resulta más complicado compartir las reflexiones que me asaltan. No sólo como en estos días sobre el 15M, sino sobre muchas otras realidades de compromiso social: entre ellas, en la que yo trabajo. Quizá es porque muchas veces resulta demasiado difícil, frío e incluso racionalista abrazar la postura teórica que mantengo. Y si me resulta difícil a mí no sé cómo resultará a los demás, cuando a veces torpemente no alcanzo a verbalizar lo que tengo dentro. Es complicado, le doy mil vueltas y al final acabo incluso un poco taoísta ante las dificultades para comprender la infinita complejidad del mundo y de las consecuencias, previsibles o no, de nuestras acciones.

No puedo evitar ser una persona emotiva, como diría aquél "una persona a la que le duele el mundo". Me duelen las injusticias, en todo tiempo y forma, y trato siempre de luchar contra ellas. Pero muchas veces, especialmente en el marco de la "lucha social" o la lucha colectiva, la velocidad de los acontecimientos me impide actuar, por no saber bien ni de dónde vengo ni a dónde voy, y mucho menos de dónde vienen o a dónde van las personas que me acompañan en ese proceso. No sé si, como dijo Oliveira, "parto del principio de que la reflexión debe preceder a la acción". Quizá si eso fuera así seguiríamos en las cavernas. Aunque también es posible que se hubieran evitado guerras civiles y mundiales, y cuando pongo este ejemplo no es en absoluto gratuito. ¿A dónde nos lleva este muro contra muro? ¿A un auge cada vez mayor del capitalismo y de los fascismos como ya se está viendo en muchos países de Europa? ¿Al regreso a ciertos discursos como el tristemente famoso de las dos Españas que fragmentó este país durante 40 años y del que aún nos lamemos las heridas? ¿Es válida la desobediencia civil apelando a unos criterios de justicia y equidad social (okupar las casas que el banco nos expropia, etc.) pero no sería válida la posible desobediencia civil de una empresa que decidiera no pagar el finiquito por el despido de un trabajador? Si no jugamos todos dentro del marco legal sino que lo reinventamos individual o colectivamente (pero siempre como suma de individuos), ¿quién marca las reglas del juego? ¿quién marca qué desobediencia es legítima y cuál no? ¿Acaso no estamos promoviendo en el fondo e incluso en las formas (asambleas con decisiones por unanimidad, etc.) una sociedad en la que el individuo y sus intereses priman sobre los del colectivo? ¿No es esto quizá más que otra forma de liberalismo, sólo que partiendo de la premisa de que el hombre es bueno y solidario con el prójimo en vez de un lobo para el hombre?

Demasiadas dudas, demasiadas reflexiones, y demasiada acción que es "necesaria".

El problema de las ciencias sociales y de la acción social es que las consecuencias son mucho más difíciles de ver, de identificar, y sobre todo de aislar los efectos de una causa sobre sus consecuencias. Todo es mucho más caótico, más difuso, menos lineal. Si un médico cierra mal una herida, el paciente muere por una infección. Por eso, nadie que no sea médico se mete a operar. Por mucho que crea que está ayudando, quizá lo que está haciendo es terminar de matar a un paciente que sólo estaba enfermo.

Si una persona se suma a un movimiento social, apoya una causa, se mete en una ONG, etc., igualmente está promoviendo todo un sistema de valores, una forma de entender el mundo y la vida en sociedad, y por tanto está apoyando y promoviendo las consecuencias que de ello se deriven. A mucha menor escala, y desde luego con efectos menos predecibles, pero igualmente de forma determinante e inevitable. Igualmente ocurre si monta una empresa o vota a un determinado partido político, o incluso si se abstiene y decide actuar lo menos posible (pues la omisión muchas veces tiene tantas consecuencias como una acción: si no taponamos la herida del hombre que se desangra éste se morirá). Igual ocurre en la vida en sociedad. Es inevitable. Por tanto es digno de reflexión y, junto a ésta, de un posicionamiento activo, militante, decidido.

Muchas de estas dudas me vienen, y muchas de estas dudas me impiden caminar al paso fresco de muchos compañeros y muchas compañeras de los diferentes espacios de compromiso social. Y con el tiempo, tengo la eterna sensación de estar resultando una rémora, y me retiro. Y leo frases como la de "vamos lentos porque vamos lejos", y pienso que a ese carro sí que me apunto! Y me ilusiono, y vuelvo a sumarme, y escribo pidiendo paciencia, que no caigamos en sus trampas que nos piden propuestas concretas para hoy mismo, que nos obligan de nuevo a situarnos como utopistas o posibilistas (categorías de sus limitados parámetros mentales), pero otra vez veo la desbandada y la prisa, y de nuevo me retiro. Con una cicatriz más de otra cosa que pudo ser y no fue.

No sé, mil cosas dando vueltas ahí dentro, y no hay necesidad de aburrir a la gente con estos ejercicios pseudo-intelectuales que quizá no lleguen a ningún sitio. Porque mientras tanto la gente sigue muriendo en África, y las familias duermen en la calle en España, y los de siempre siguen expropiando a los de nunca.

Pero...

martes, 8 de marzo de 2011

A fondo

Joaquín Soler Serrano: Buenas noches y bienvenidos a una nueva edición del programa "A fondo". Esta noche tenemos con nosotros a Antonio Sianes. No ha sido fácil tenerlo esta noche aquí, al principio se resistía tenazmente, aunque finalmente aceptó venir a estar conversando con nosotros acerca de sí mismo y de su obra. Lo agradecemos mucho, querido Antonio Sianes. Muchas gracias por venir.

Antonio Sianes: (moviéndose incómodo en su asiento, cabizbajo, emite un gruñido).

JSS: Al parecer, Antonio, ha vuelto a eso que usted llama "los mundos virtuales", así que creo que la primera pregunta es obligatoria: ¿qué le ha llevado a escribir de nuevo? o quizá... ¿qué le llevó a dejar de escribir?

AS: Hola Joaquín. Bueno, ante todo muchas gracias por invitarme a su programa, lo tomo como un honor que sin duda no merezco. Si he crecido algo literariamente desde que empecé a emborronar cuartillas, en parte lo debo a entrevistas suyas, como las inolvidables del "soñé que me moría" de Borges, o el "no soy un hombre de ideas" de Cortázar. Y míreme ahora, aquí estoy yo, sentado en este sillón orejero después de hacer presentes a estos dos monstruos de las letras, y se supone que tengo que intentar decir algo que no los rebaje. No sé... Respondiendo a su pregunta, imagino que lo que me llevó a dejar de escribir fue que dejé de tener algo que decir, si es que acaso alguna vez lo tuve. O quizá dejé de sentir la necesidad de tender puentes, de buscar la comunicación por esta vía. Yo qué sé... La cosa es que últimamente volvía a sentir esa necesidad de lanzar cada tanto una botellita al vacío oceánico de la red, ¿sabe? Con calma, y a otro ritmo. Quizá ya no tanto para epatar, sino para encadenar letras de nuevo de una forma lógica, no como espirales de pensamiento sino con una cierta linealidad, una cierta estructura. Dicen que quien escribe lo hace para sentirse menos solo. En mi caso creo que escribo precisamente para sentirme un poco más solo, es el momento en el que conecto conmigo y ordeno la nebulosa de pensamientos e ideas, sentimientos y vivencias, que cada tanto se acumulan en mi nuca.

JSS: Aquellos que hemos seguido su trayectoria como escritor hemos notado un cierto cambio en su estilo, como una suerte de giro hacia la simplicidad. Parece que abrace eso que Juan Ramón Jiménez llamaba la poesía desnuda, una poesía vacía de giros artificiosos o, aprovechando que usted traía a Cortázar, como si hubiera entendido que "el adjetivo, cuando no da vida, mata".

AS: Bueno, no sé si es tanto un giro hacia esa simpleza que menciona, o que he perdido destreza literaria. Los músculos se atrofian de no usarlos, y yo siento como si tuviera los nudillos un poco anquilosados. Las letras no fluyen como antes, sino que me las sacudo de la punta de los dedos.

JSS: Pero esa insistencia en manifestar que vuelve, y le cito, "dejando de lado los juegos de artificio", en cierta manera tiene que traducirse en su escritura.

AS: Quizá es que no estamos hablando exactamente de lo mismo. Cuando hablamos de acercarnos a la escritura con las palmas de las manos hacia arriba no nos estamos refiriendo a una cuestión de estilo, aunque inevitablemente haya vasos comunicantes entre contenido y continente. Pero bueno, no creo que esté aportando nada nuevo al decir que el mensaje, el contenido, condiciona al estilo. ¿Imagina la epopeya de Gilgamesh escrita en lenguaje coloquial? Cuando hablamos de las palmas hacia arriba hablamos de una cuestión de fondo. Si me obligara a buscar una definición en dos líneas, a modo de titular de periódico, creo que hablamos de escribir como un fin en sí mismo, no como un medio. O no al menos como un juego de espejos y silencios, haciendo de la trampa y el cartón un laberinto de ausencias y reflejos.

JSS: Pero ¿por qué esa necesidad de hacerlo tan patente, de traerlo constantemente a colación? Parece una especie de redención personal, como el cierre de una deuda que tuviera con sus lectores, como si hasta ahora los hubiera utilizado como espectadores de un teatro de marionetas.

AS: Bueno, en verdad es fácil de explicar. Sin duda se trata de una redención personal, como bien dice, pero los deudores en este caso no son mis lectores, especialmente porque nunca he sabido siquiera con cuantos de ellos cuento. Se trata de una redención en la que el único crédito que tengo que saldar es el mío propio. Por eso quizá esa necesidad de hacerlo tan patente, de tenerlo siempre visualizado en la cabecera de la cama. Como el adicto a la metadona necesita reafirmar constantemente su decisión de liberarse de tamaño presidio para poder siquiera hacerle frente, para poder visualizar y hacer alcanzable la meta, en el fondo necesito esa explicitación como impulso, como toma de conciencia de hacia dónde quiero ir. Es muy fácil caer en las viejas trampas, Joaquín, como fácil es reengancharnos a la droga que bien conocemos y sabemos los réditos que nos ha generado, aunque en el fondo nos estuviera llevando por un camino de perdición.

JSS: Muchas gracias, Antonio, ahora me gustaría saludar a La chica de la tienda de mascotas, la otra pieza de esta nueva aventura literaria que...

jueves, 3 de marzo de 2011

La loca aventura de estar vivos

El cielo y el fango, la piedra y la lana, la risa y el llanto, la furia y la calma. Como diría Borges, "todo eso te fue dado, y todavía no has escrito el poema". Quién sabe, quizá vaya siendo hora de admitir que nunca vamos a escribir el poema, que no queremos escribir el poema. Que tal vez toda esa pléyade de sentimientos contrarios, toda esa explosión de realidad, todo esa alucinación extraordinariamente nítida, sirva para reencontrarnos en ella y empezar a celebrar la loca aventura de estar vivos.

Estar vivos significa volver a reconocernos: en nosotros mismos, en los otros, en las piedras de las calles que transitamos, en los rostros de las personas que nos cruzamos, en la risa, en los descansos de piedras o de lana, en la tierra que trabajamos, en el sabor a melaza de la comisura de tus labios. Pero también en la silla frente al ordenador ocho-horas-al-día-cinco-días-a-la-semana, en el llanto, en el gesto que la mezquindad de estos días te hizo torcer, en las ausencias, en la soledad de humo y notas musicales, en las pequeñas traiciones diarias que nos profesamos. Estar vivos, celebrar la loca aventura de estar vivos, significa reconocernos en las infinitas contradicciones que tiene la vida, en sus miserias y en sus esplendores, en su luz y sus sombras. Significa celebrar nuestra dolorosamente humana imperfección, porque, como dijo Galeano "la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos pero no estamos terminados".

jueves, 24 de febrero de 2011

Círculos concéntricos

La verdad es que no sé por qué, pero tengo la costumbre de ir guardando todo lo que escribo. Mails, cartas, blogs, borradores de blog, se acumulan en mi vida digital; y cuartillas emborronadas, cartas nunca expedidas, trozos de servilleta con cuatro apuntes, se apolillan en cajones y cajas de zapatos. No sé de dónde me viene este síndrome de Diógenes literario, la verdad, pero todavía hay momentos en que me gusta meterme en los zapatos de ese chaval de quince años, ese joven de veinte, o en los del que empezaba ya a ser un proto-yo, con veinticinco o algo más de años, y ver qué pensaba, qué desvelos robaban horas a su sueño, en definitiva, quién esperaba en la otra orilla de ese tender puentes que es todo intento de comunicación.

Lo curioso es que me sirve de terapia. No sólo para relativizar el presente, pues nuestro pasado nos recuerda que todas las heridas -que parecían incurables cuando su dolor aún laceraba- finalmente cicatrizan, sino porque encuentro que mis motivos de escritura se mantienen constantes en el tiempo. La comunicación o su imposibilidad, la búsqueda como único punto de encuentro, la intensidad de lo fugaz, el salto al vacío sin red pero con soga, algunas frases inspiradas por tres escritores de cabecera (quizá éste el más voluble de los hilos). Mi escritura se desarrolla como círculos concéntricos, de comunes epicentros pero distinto alcance de onda. Y es difícil sacudirse las telarañas de la costumbre e intentar escribir un blog con las palmas hacia arriba, cuando tantas veces la máscara ha tramado algunas de mis, por otra parte, más tolerables líneas.

Pero ése es hoy el afán. Ésa es hoy la lanza que aprieta contra el futuro. Veremos cómo conjugamos los lugares comunes y los espacios proscritos a los que siempre nos negamos el acceso, como temerosos del Cierzo que en la cima sopla, o de nuestros cuerpos desnudos no acostumbrados a su envite.

martes, 15 de febrero de 2011

Con las palmas hacia arriba

El 65% de la comunicación se basa en el lenguaje no verbal. No es que sea un consuelo, muchas y desiguales líneas se han escrito sobre el hecho de que la comunicación no es gran cosa: demasiados saltos desde la idea aún caótica que nace en nuestra mente hasta lo que interpreta nuestro interlocutor. Por tanto tampoco nos soluciona mucho ese porcentaje. Pero es con lo que contamos. Al fin y al cabo nuestra carta de presentación la mayor de las veces han sido las palabras. Y ahora que sabemos que contamos también con otro lenguaje -y no me refiero a ese lenguaje lateral y subversivo del que ama, que definiera magistralmente Sabines-, antes pues de llenar este espacio con palabras, transmitamos virtualmente cómo nos acercamos a las mismas. Citando a Loriga: "con las palmas de las manos hacia arriba y los ojos bien abiertos".

"Las palmas hacia arriba es un gesto no amenazador que denota sinceridad, honestidad".

Así pues aquí nos presentamos de nuevo, Daratea y Sandmann, más Laura y Antonio que nunca, dejando de lado los fuegos de artificio, dejando los juguetes para tomar las herramientas, ahora que con la edad nuestras manos también cambiaron. Veamos qué sale de todo esto.