No sé por qué, pero cada vez me resulta más complicado compartir las reflexiones que me asaltan. No sólo como en estos días sobre el 15M, sino sobre muchas otras realidades de compromiso social: entre ellas, en la que yo trabajo. Quizá es porque muchas veces resulta demasiado difícil, frío e incluso racionalista abrazar la postura teórica que mantengo. Y si me resulta difícil a mí no sé cómo resultará a los demás, cuando a veces torpemente no alcanzo a verbalizar lo que tengo dentro. Es complicado, le doy mil vueltas y al final acabo incluso un poco taoísta ante las dificultades para comprender la infinita complejidad del mundo y de las consecuencias, previsibles o no, de nuestras acciones.
No puedo evitar ser una persona emotiva, como diría aquél "una persona a la que le duele el mundo". Me duelen las injusticias, en todo tiempo y forma, y trato siempre de luchar contra ellas. Pero muchas veces, especialmente en el marco de la "lucha social" o la lucha colectiva, la velocidad de los acontecimientos me impide actuar, por no saber bien ni de dónde vengo ni a dónde voy, y mucho menos de dónde vienen o a dónde van las personas que me acompañan en ese proceso. No sé si, como dijo Oliveira, "parto del principio de que la reflexión debe preceder a la acción". Quizá si eso fuera así seguiríamos en las cavernas. Aunque también es posible que se hubieran evitado guerras civiles y mundiales, y cuando pongo este ejemplo no es en absoluto gratuito. ¿A dónde nos lleva este muro contra muro? ¿A un auge cada vez mayor del capitalismo y de los fascismos como ya se está viendo en muchos países de Europa? ¿Al regreso a ciertos discursos como el tristemente famoso de las dos Españas que fragmentó este país durante 40 años y del que aún nos lamemos las heridas? ¿Es válida la desobediencia civil apelando a unos criterios de justicia y equidad social (okupar las casas que el banco nos expropia, etc.) pero no sería válida la posible desobediencia civil de una empresa que decidiera no pagar el finiquito por el despido de un trabajador? Si no jugamos todos dentro del marco legal sino que lo reinventamos individual o colectivamente (pero siempre como suma de individuos), ¿quién marca las reglas del juego? ¿quién marca qué desobediencia es legítima y cuál no? ¿Acaso no estamos promoviendo en el fondo e incluso en las formas (asambleas con decisiones por unanimidad, etc.) una sociedad en la que el individuo y sus intereses priman sobre los del colectivo? ¿No es esto quizá más que otra forma de liberalismo, sólo que partiendo de la premisa de que el hombre es bueno y solidario con el prójimo en vez de un lobo para el hombre?
Demasiadas dudas, demasiadas reflexiones, y demasiada acción que es "necesaria".
El problema de las ciencias sociales y de la acción social es que las consecuencias son mucho más difíciles de ver, de identificar, y sobre todo de aislar los efectos de una causa sobre sus consecuencias. Todo es mucho más caótico, más difuso, menos lineal. Si un médico cierra mal una herida, el paciente muere por una infección. Por eso, nadie que no sea médico se mete a operar. Por mucho que crea que está ayudando, quizá lo que está haciendo es terminar de matar a un paciente que sólo estaba enfermo.
Si una persona se suma a un movimiento social, apoya una causa, se mete en una ONG, etc., igualmente está promoviendo todo un sistema de valores, una forma de entender el mundo y la vida en sociedad, y por tanto está apoyando y promoviendo las consecuencias que de ello se deriven. A mucha menor escala, y desde luego con efectos menos predecibles, pero igualmente de forma determinante e inevitable. Igualmente ocurre si monta una empresa o vota a un determinado partido político, o incluso si se abstiene y decide actuar lo menos posible (pues la omisión muchas veces tiene tantas consecuencias como una acción: si no taponamos la herida del hombre que se desangra éste se morirá). Igual ocurre en la vida en sociedad. Es inevitable. Por tanto es digno de reflexión y, junto a ésta, de un posicionamiento activo, militante, decidido.
Muchas de estas dudas me vienen, y muchas de estas dudas me impiden caminar al paso fresco de muchos compañeros y muchas compañeras de los diferentes espacios de compromiso social. Y con el tiempo, tengo la eterna sensación de estar resultando una rémora, y me retiro. Y leo frases como la de "vamos lentos porque vamos lejos", y pienso que a ese carro sí que me apunto! Y me ilusiono, y vuelvo a sumarme, y escribo pidiendo paciencia, que no caigamos en sus trampas que nos piden propuestas concretas para hoy mismo, que nos obligan de nuevo a situarnos como utopistas o posibilistas (categorías de sus limitados parámetros mentales), pero otra vez veo la desbandada y la prisa, y de nuevo me retiro. Con una cicatriz más de otra cosa que pudo ser y no fue.
No sé, mil cosas dando vueltas ahí dentro, y no hay necesidad de aburrir a la gente con estos ejercicios pseudo-intelectuales que quizá no lleguen a ningún sitio. Porque mientras tanto la gente sigue muriendo en África, y las familias duermen en la calle en España, y los de siempre siguen expropiando a los de nunca.
Pero...