jueves, 24 de febrero de 2011

Círculos concéntricos

La verdad es que no sé por qué, pero tengo la costumbre de ir guardando todo lo que escribo. Mails, cartas, blogs, borradores de blog, se acumulan en mi vida digital; y cuartillas emborronadas, cartas nunca expedidas, trozos de servilleta con cuatro apuntes, se apolillan en cajones y cajas de zapatos. No sé de dónde me viene este síndrome de Diógenes literario, la verdad, pero todavía hay momentos en que me gusta meterme en los zapatos de ese chaval de quince años, ese joven de veinte, o en los del que empezaba ya a ser un proto-yo, con veinticinco o algo más de años, y ver qué pensaba, qué desvelos robaban horas a su sueño, en definitiva, quién esperaba en la otra orilla de ese tender puentes que es todo intento de comunicación.

Lo curioso es que me sirve de terapia. No sólo para relativizar el presente, pues nuestro pasado nos recuerda que todas las heridas -que parecían incurables cuando su dolor aún laceraba- finalmente cicatrizan, sino porque encuentro que mis motivos de escritura se mantienen constantes en el tiempo. La comunicación o su imposibilidad, la búsqueda como único punto de encuentro, la intensidad de lo fugaz, el salto al vacío sin red pero con soga, algunas frases inspiradas por tres escritores de cabecera (quizá éste el más voluble de los hilos). Mi escritura se desarrolla como círculos concéntricos, de comunes epicentros pero distinto alcance de onda. Y es difícil sacudirse las telarañas de la costumbre e intentar escribir un blog con las palmas hacia arriba, cuando tantas veces la máscara ha tramado algunas de mis, por otra parte, más tolerables líneas.

Pero ése es hoy el afán. Ésa es hoy la lanza que aprieta contra el futuro. Veremos cómo conjugamos los lugares comunes y los espacios proscritos a los que siempre nos negamos el acceso, como temerosos del Cierzo que en la cima sopla, o de nuestros cuerpos desnudos no acostumbrados a su envite.

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