El cielo y el fango, la piedra y la lana, la risa y el llanto, la furia y la calma. Como diría Borges, "todo eso te fue dado, y todavía no has escrito el poema". Quién sabe, quizá vaya siendo hora de admitir que nunca vamos a escribir el poema, que no queremos escribir el poema. Que tal vez toda esa pléyade de sentimientos contrarios, toda esa explosión de realidad, todo esa alucinación extraordinariamente nítida, sirva para reencontrarnos en ella y empezar a celebrar la loca aventura de estar vivos.
Estar vivos significa volver a reconocernos: en nosotros mismos, en los otros, en las piedras de las calles que transitamos, en los rostros de las personas que nos cruzamos, en la risa, en los descansos de piedras o de lana, en la tierra que trabajamos, en el sabor a melaza de la comisura de tus labios. Pero también en la silla frente al ordenador ocho-horas-al-día-cinco-días-a-la-semana, en el llanto, en el gesto que la mezquindad de estos días te hizo torcer, en las ausencias, en la soledad de humo y notas musicales, en las pequeñas traiciones diarias que nos profesamos. Estar vivos, celebrar la loca aventura de estar vivos, significa reconocernos en las infinitas contradicciones que tiene la vida, en sus miserias y en sus esplendores, en su luz y sus sombras. Significa celebrar nuestra dolorosamente humana imperfección, porque, como dijo Galeano "la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos pero no estamos terminados".
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